La Casa Invisible: “no hay un afuera, todo es un adentro”

La Casa Invisible: “no hay un afuera, todo es un adentro”

El viernes 6 de octubre de 2017, abrimos el espacio de reflexión y autoformación de la Ingobernable; UNa Escuela De Ingobernables (UNEDI), y lo hicimos hablando con las compañeras de La Casa Invisible.

 La Casa Invisible es un Centro Social y Cultural, de Gestión Ciudadana que comenzó su andadura en marzo de 2007. Impulsados por una amplia red de ciudadanxs, vecinxs y creadorxs, ocuparon un edificio de propiedad municipal que se encontraba en estado de abandono ( http://www.lainvisible.net/). Su primer acto fue un festival alternativo al Festival de Cine de Málaga, para mostrar su oposición a esa cultura del consumo y del escaparate que no deja nada productivo en la ciudad.

 

Hablamos con ellas del por qué, del cómo de lo macro y lo micro de un proyecto de Comunes Urbanos con once años de recorrido y asentado en la ciudad de Málaga.

En los últimos años, la gestión ciudadana ha producido un desbordamiento de lo que significaba el movimiento Okupa; antes tenía un claro elemento autorreferencial que no interpelaba a parte de la ciudadanía, la gente no se sentía incluida. El Movimiento 15M implicó a mucha gente joven con ganas de crear algo en común.

Así, creadoras y creadores, vecinas y vecinos del Centro Social La Invisible comienzan a constituir una masa crítica que facilita la apertura del movimiento a otras capas de la sociedad que, hasta el momento, no se habían sentido interpeladas. Se modifican procesos que apuntan a lo macro, pero también en lo micro; empecemos con lo más visible; lo macro.

Si comenzamos pensando en el lema del movimiento Okupa: “un desalojo, otra ocupación”, nos encontramos con la imposibilidad de construir un proyecto que tenga viabilidad más allá del momento inicial de resistencia. Generar algo que se pueda mantener en el tiempo, que esté fuera de la lógica de lo público y de lo privado requiere de una estabilidad. Esta permanencia de la que hablamos no está exenta de resistencia y, además, persigue la construcción de otra forma de vida post-neoliberal, en la que la ciudadanía tiene un espacio de libertad.

La Invisible no es una institución pública, no tiene burocracia, no es privada, no cuesta dinero; es una institución social, creada y gestionada por la comunidad, para la comunidad, para reflexionar, crear, planificar y disfrutar en libertad.

A día de hoy, los centros de las ciudades están ocupados por la industria turística. Kike, de La Invisible, nos cuenta que: “en la ciudad de Málaga comenzaba a crearse una estructura de ciudad con los huecos que dejaba el fin de una economía más industrial y constituía todo un reto llenarlos de vida”. En Madrid, para poder caminar por la calle Fuencarral entre Gran vía y Bilbao un sábado cualquiera, hay que hacerlo en fila, como si hicieras cola para poder avanzar, por la cantidad de turistas que hay. Las élites económicas saben que tanto Málaga como Madrid, y otras ciudades españolas, son rentables, pero los ayuntamientos fallan a la hora de ponerle límites a su codicia y así, los intereses de estas élites no respetan la vida de las ciudades. Frente a este abuso y, como reflejan las compañeras de La Invisible: “Queremos construir otra forma de entender las relaciones, de cuidarnos”.

Probablemente por esta forma de “cuidar”, La Invisible cuenta con un tremendo arraigo en la ciudad de Málaga, como muestra la asistencia masiva a las manifestaciones de apoyo hasta ahora convocadas. Tiene legitimidad dentro de la ciudad, no tanto porque se identifique con un proyecto o con unos ideales, sino porque, como ellas mismas describen: “es una zona a la que tú te acercas y te contaminas de una serie de cosas que están pasando”.  Cuando en 2009 tuvieron una orden de desalojo, respondieron a la misma incrementando la programación: “ya habíamos ganado la legitimidad política y social en la ciudad”.

 

Remarcan así algo importante, la principal conquista aquí es la de una desobediencia civil bien articulada por un discurso que crea marcos de posibilidad para abrir este tipo de espacio como bienes comunes. Es un acto de legitimidad que permite pensar en cuál es la función política del espacio. “La desobediencia es, por tanto, algo que hay que conquistar, poniendo el cuerpo para defender un espacio que nos pertenece”, así lo explican las compañeras de La Invisible, y añaden: “normalizamos tanto la situación que parece que lo tienes todo en regla, cuando no es así, porque es una situación que has conquistado, entendemos la desobediencia como algo que hay que naturalizar”. Y, dado que es una batalla, esta no se hace encerrándose, sino haciendo todo lo contrario; con apertura, alegría y normalidad. Es la gente la que se apropia del espacio, es el contenido cultural lo que atrae, el Bien Común. Curro explica que “el reconocimiento institucional de un espacio como puede ser La Invisible, viene por ser una Institución del Común, que no pertenece a nadie y nos pertenece a todas, que rellena un lugar en la estructura de la ciudad neoliberal. Son espacios de los que antes hacían uso el común de los mortales, un Bien Común escapa a la asamblea y a sus usuarias”.

Así, cuando hubo que sentarse a locutar con el Ayuntamiento de Málaga, la mesa de negociación estaba compuesta por gente tan diversa como la heterogeneidad del propio CS, más un cuerpo colectivo detrás que apoyaba el proyecto. Quizá la institución pública esperaba encontrarse con un grupo de gente joven y radical, pero los Centros Sociales son también espacios de resistencia vecinal frente a la gentrificación, son espacios para que las creadoras puedan experimentar, espacios de reflexión y un largo etcétera.

Once años después de haber iniciado su andadura, La Invisible cuenta con el reconocimiento de ser una entidad de interés público municipal. Las compañeras de La Invisible lo consideran una victoria política fundamental, pero esto no ha hecho que se relaje la lucha para defender el espacio y el proyecto. Desde el momento de su ocupación y hasta el día de hoy, han sido incesantes los diálogos para una cesión por parte del ayuntamiento que nunca se llega a producir. La tensión con la administración nunca ha dejado de existir y, sin embargo, entretanto, la vida tiene lugar. Para hablar de la vida, vamos con la segunda parte de la que hablábamos al inicio: lo micro.

Nos decían que lo orgánico está por todas partes porque en La Invisible se van construyendo relaciones, afectos, el CS se va moviendo, va mutando. “No se trata tanto de grandes pasiones, sino de la construcción de pequeños afectos. Por un lado, hay un gradiente de personas con diferentes niveles de implicación, hay diferentes aprendizajes que han de tener lugar cuando entras en un colectivo, hay desbordes, choques ideológicos”, la homogeneidad está fuera de las pretensiones de un Centro Social.

¿Cómo se mantienen los cuidados en un espacio así? “un grupo de mujeres muy potentes trabajaron internamente tejiendo relaciones entre nosotros, con otra manera de construir los vínculos desde dentro, pero hacia el afuera” relata Amanda y añade: “nos dimos cuenta de que cuanto más singulares éramos, más atraíamos a gente no politizada y una persona muy despolitizada podía convertirse en una persona con más compromiso”.

Kike continúa diciendo que “lo social en sí mismo es algo que es problemático –no está exento de conflictos–, pero la virtud es que se intenta abordar esos problemas entendiendo que son parte de la gestión cotidiana, no nos quedamos en a o b, inventamos soluciones nuevas”. Como parte fundamental del objetivo de construir una forma de vida diferente, la gestión de las relaciones que se generan en el espacio también se da de una forma diferente.

Por último, hablamos de la proyección que tiene un CS; en todo momento hay una pregunta fundamental: ¿qué tipo de incidencia estamos teniendo en la ciudad? El Centro Social puede llegar a ser un elemento político que tiene poder de movilización. Como ellas mismas lo describen: “un centro social en sí es un sujeto político en sí”.  Precisamente, por esa tensión permanente entre apertura y cierre, entre desobediencia y apertura social, entre lucha y permanencia, los Centros Sociales son auténticos agujeros negros de trabajo y, la legitimidad, como venimos diciendo, no solo se construye a lo grande, hacia fuera, con miles de actividades, sino también hacia adentro, con el cuidado de las relaciones interpersonales, de lo micro, de lo que sostiene la vida; las personas.

Terminamos con una frase de las compañeras que nos ha servido de reflexión: “los Centros Sociales de segunda generación son laboratorios de experimentación política: nuevas formas de relacionarnos y de vivir”.